2018: Una Odisea Intestinal

Crónica de horror cósmico-culinario sobre la guerra contra la hamburguesa

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Como no me canso de repetir, el curso que viene lo voy a pasar en Estados Unidos intentando hacer algo que se asemeje remotamente al cine. Como allí no saben comer he decidido someterme a un periodo previo de adaptación nutricia para ver si consigo hacer la transición más fluida.

Os cuento qué tal.


Todo empezó con El Fundador. Hace unos días me dio por ver la película de 2016 protagonizada por Michael Keaton sobre la creación del imperio hamburguesero de McDonald’s; me pareció que podía tener mucha miga. Después de una primera media hora más que decente la película se estanca un poco, así que empecé a pensar en otras cosas mientras las imágenes pasaban ante mis ojos. Tras varios minutos de batidos en polvo y lechuga rancia una desasosegante incógnita empezó a ganar fuerza: ¿seré capaz de alimentarme del tipo de cosas que salen en esta película durante un año? 

Si ya aquí tengo la sensación de que, sobre todo durante exámenes, como un poco mal (ni confirmo ni desmiento que he sido protagonista/testigo de algunas de las historias contenidas en este artículo) no quiero ni imaginar el calvario de prolongar esa situación de desatino culinario más de lo académicamente necesario. Sintiendo que mi supervivencia no está garantizada he decidido coger al toro por los cuernos y lanzarme a la cata de la hamburguesa.

Comienza mi aventura gástrica.

20:30 horas del 19 de julio de 2018

Me he hecho con un vehículo. Cargo una botella de agua, me pongo las gafas de sol y dispongo todos los elementos del coche en su sitio. Tras abrocharme el cinturón me concedo unos segundos para tomar aire; va a ser un viaje movidito. Para llegar al burger más cercano tengo que recorrer quince kilómetros. Señalo esto para que los urbanitas os hagáis una idea del edén gastronómico en el que vivo. Digo adiós a mi flora intestinal y pongo rumbo a Burger King. Ahora sé lo que sentía Furiosa al abandonar la carretera e internarse en el desierto.

Pero no es un paraje verde lo que me espera.

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Ecce Deus fortior me, qui veniens dominabitur mihi.

20:50 horas del 19 de julio de 2018

Lo veo antes de ver cualquier otra cosa. Habría sido así incluso si mis ojos no supieran qué buscar. Cada centímetro de los dominios del burger está adornado con los colores rojo y negro, los mismos que decoran el imponente monolito de la entrada. Acciono el intermitente y, con un rodar pesaroso, dirijo el coche hacia el drive in. El edificio en sí es achatado como un búnker. Para llegar a él es necesario cruzar varios metros de asfalto sin cobertura. Por alguna razón recuerdo las cosas que he leído sobre la toma de Foy.

Detengo el coche junto a un cartel con los distintos menús del establecimiento. No he empezado a entender las combinaciones de hamburguesas y acompañamientos cuando oigo algo a mi izquierda. Una voz modulada me da la bienvenida desde una caja metálica. Me está hablando una jodida IA. Saludo a la computadora e intento inútilmente descifrar la Rosetta de fast food que tengo delante; parece que un C1 no es suficiente. Skynet me exige el pedido. Suponiendo que me encuentro bajo la amenaza de contramedidas me agarro a lo único que me suena familiar entre tanto longnacho y tendercrisp. “Whopper®. Eso se come ¿no?”. Pido un Whopper®. La IA me ofrece una Coca-Cola y la acepto. No me molesto en pedirla light. Ese tren pasó en el momento que arranqué el coche. Sintiéndome el amo de la situación pido también unos King Aros de Cebolla™. La IA confirma el pedido y me ordena que avance.

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Improvise, adapt, overcome

Mientras espero junto a una diminuta ventanilla intento recordar la última vez que comí en un fast food. Lo primero que me viene a la mente es un Interrail que hice hace unos años con varios amigos. En aquella ocasión la necesidad de viajar ligero, las ganas de gastar el menor dinero posible y las combinaciones de trenes a las tantas de la madrugada se aliaron para hacer de las hamburguesas a un euro del McDonald’s una opción atractiva. Fueron tiempos difíciles que nos obligaron a hacer cosas que juramos no repetir. Vi a compañeros más duros que yo caer en un infierno de Suero Oral y Fortasec. Aún hoy no sé cómo logré sobrevivir. Pienso en retroceder, pero en el drive in no hay espacio para dar la vuelta al coche y un Audi se me ha puesto detrás. He de aceptar mi destino.

Un brazo me hace gestos para que avance y me doy cuenta de que mi ventanilla está cerrada. Cambio de ventanilla. El brazo resulta pertenecer a una señora que se llama Teresa y que está encajada en una pequeña garita. Lleva un uniforme rojo y negro y su nombre escrito en una placa. La imagino prisionera de la IA, condenada a vivir en la garita y a servir la comida que produce una máquina grasienta y con pinta de poder procesarte y servirte con guarnición si te acercas demasiado. Teresa me entrega una bolsa de papel y un vaso de refresco demasiado grande y me da las gracias por mi compra. En su voz hay algo que interpreto como cansancio. No queriendo dejar a un ser humano en manos de una abyecta computadora pienso por un instante en bajarme del vehículo y ayudarla a salir, pero me doy cuenta de que ninguna persona cabría por esa ventanilla. “Maldita sea, han pensado en todo”.

Meto primera y dejo sitio al Audi. Mientras recorro el aparcamiento me digo que todos tenemos nuestros propios problemas. Los míos van en una bolsa de papel sobre el asiento del copiloto.

21:20 horas del 19 de julio de 2018

En un intento de civilizar la ingesta he dispuesto sobre un mantel la hamburguesa, los aros de cebolla, el refresco y la botella de agua. Resulta que con el Whopper® venían unas patatas fritas que también pongo en la mesa; me pregunto qué otros secretos se esconderán en la carta de Burger King. Antes de comer abro una ventana. Durante el camino he notado que el menú despide un olor penetrante y acre capaz de traspasar la bolsa de papel incluso cerrada. Temo que mi coche pierda su fragante olor a pino y plástico. El aroma de la hamburguesa es una mezcla de umami con aceite usado y masa de pan; huele a quemar un pan preñao. A estas alturas de la vida me comería la “Hamburguesa” que hice hace unos meses, que ahora parece un plato de alta cocina.

No tiene sentido retrasar lo inevitable. Empiezo a comer.

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Aspecto: inofensivo. Poder de indigestión: masivo.

21:22 horas del 19 de julio de 2018

Las patatas fritas crujen de forma artificial. Son gomosas por fuera y acorchadas por dentro. Es como si las hubieran reconstruido a partir de puré en polvo. No lloro al cortar cebolla, pero lloro al primer bocado de esos hula-hops ásperos de interior gelatinoso a los que llaman aros de cebolla y que son una ofensa contra todo en lo que creo. Estoy teniendo sensaciones que me cuesta procesar, sensaciones que no tenía asociadas a la comida, sino al material de oficina. Y todavía no he mordido la hamburguesa.

Decido cogerla y darle un bocado. Sus estratos ceden con la facilidad antinatural de un producto industrial y reblandecido. El primer golpe de sabor proviene de los pepinillos y la salsa; buena estrategia. Aunque el potaje que hay untado en el pan no me entusiasma, soy amigo de los pepinillos y me siento bienvenido. Resulta ser una trampa. No hay sabor detrás de ese primer sabor. Las papilas cortocircuitan al entrar en contacto con el corchopán del que está hecho el bollo y los sonidos enmudecen. Por un instante los márgenes de mi visión se tornan negros. Caigo en un pozo y lo único que soy capaz de oír es el munch, munch que produce la lámina chiclosa de procesado de carne al ser prensada. Un sonido que podría ser la banda sonora del Saturno de Goya. Me resulta difícil creer que esa resonancia tendinosa la produzca mi propio cuerpo. ¿Estoy comiéndome la hamburguesa o la hamburguesa me está comiendo a mí?

Al cortocircuito papilar se suma un fallo glandular. Soy incapaz de producir saliva suficiente, por lo que recurro al refresco. Ahora comprendo por qué el vaso es tan grande. El familiar burbujeo de la Coca-Cola se ríe de mí y me recuerda que mi supuesta pureza alimenticia es una impostura, que soy un falso acólito del fitness y estoy pagando por ello. Obligo a mi cuerpo a comulgar con la hamburguesa y al tragarme el bocado me trago también mi orgullo. Siento que me estoy haciendo algo horrible. La única parte racional que me funciona hace un cálculo rápido de la proporción hamburguesa-refresco en esa deglución primaria y concluye que no dispongo de suficiente Coca-Cola. Menos mal que tengo la botella de agua.

He conseguido dar el primer bocado, pero ¿a qué precio?

21:27 horas del 19 de julio de 2018

He seguido cavando y, sorprendentemente, la hamburguesa no se desmonta. Esperaba mancharme las manos con salsa y aceitillo, pero la estructura del Whopper® se mantiene íntegra a pesar de las tensiones a las que está sometida. Es una comida rebelde que se niega a soltar sus nutrientes. De momento creo que la hamburguesa ha conseguido más de mí que yo de ella. Me pregunto admirado de qué está hecho este artefacto, cuya combinación de solidez y elasticidad contraviene la Ley de Hooke. Mi mente se dispara imaginando los prodigios técnicos que podrían surgir de la aplicación industrial del Whopperio. Lo que sea con tal de no pensar en los bocados que sigo tragando con ayuda del refresco. Cómo este material milagroso ha pasado bajo el radar de la industria aeroespacial es un misterio para mí.

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Aerodinámica como ella sola

21:45 horas del 19 de julio de 2018

No se acaba. La maldita hamburguesa no se acaba.

Tengo que mirar el reloj para poder decir cuánto tiempo llevo en la mesa. Los aros y las patatas de cartón se han terminado, así como el refresco. Sin embargo, la hamburguesa sigue aquí, mirándome. Mi única aliada en esta lucha es la botella de agua, con la que tengo un contacto tan estrecho que en cualquier momento va a pedirme iniciar una relación seria.

La consistencia del artefacto, por cuya composición me maravillaba pocos minutos atrás, comienza ahora a resultarme preocupante. La densidad del producto en boca es superior a cualquier cosa a la que me haya enfrentado antes. Una parte de mí empieza a procesar la idea de que tal vez haya dado con una de esas verdades que es mejor ignorar. Me repito que no debo pensar en ello, pero no puedo alejar el Whopper® de mi mente. Miro la sección que ha dejado mi último mordisco y casi puedo ver cómo la hamburguesa se regenera. Ahora soy consciente de encontrarme frente a un ser superior ante el que solo cabe la alabanza. Más allá del tiempo y el espacio, prendido tras el horizonte de eventos de cada agujero negro se encuentra, infinitamente denso, un eterno y perfecto Whopper®.

Pierdo varios puntos de cordura mientras doy los últimos bocados.

21:55 horas del 19 de julio de 2018

Los restos de la bolsa de papel están en la basura. Yo estoy sentado en un sillón, intentando procesar lo ocurrido. Puedo sentir el artefacto dentro de mí. El Whopper® me ha hecho la envolvente: ser ingerido era parte de su plan. Me siento lleno, pero no alimentado. Es una sensación sintética de nutrición, como comerse un puñado de tierra. Intento no imaginar los horrores que me depara la digestión. Arrellanado en mi asiento comprendo que lo que había tras la voz de Teresa no era cansancio, sino sadismo. Ella lo sabía. Maldita sea mi cándida confianza.  Empiezo a preguntarme si Teresa era acaso una persona real o un simulacro creado por la máquina. Por la información de la que dispongo, su tronco podría perfectamente acabar en un manojo de tubos conectados a un ordenador.

Noto retortijones. Mi interior está cambiando. Me pregunto si yo también me convertiré en una marioneta de Skynet. Intento no pensar en los planes de la máquina, en la naturaleza alienígena del Whopper® o en pelis de Cronenberg. “Céntrate en cosas más mundanas”. Dolor. Fuerte dolor en el pecho. Pero ayuda. Recuerdo Supersize me y me encuentro comparando mis síntomas con los del protagonista. Presión elevada, náuseas, sensación de cansancio… Mi vesícula biliar no da abasto. Siento ardor al fondo de la garganta.

No quiero morir, pero temo lo que pueda ocurrirme si sigo vivo.

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Un peaje igualito voy a colocar en mi arteria coronaria derecha

22:30 horas del 19 de julio de 2018

Reír duele. Siento pinchazos en el estómago y la espalda. Empiezo a encontrarme incómodo en sedestación, así que opto por tumbarme. La posibilidad de tener una forma de vida en mi interior empieza a parecerme real. Yo solo quiero dormir. Mientras intento conciliar el sueño me asaltan imágenes estáticas de Alien. Mejor eso que pensar qué otros horrores se esconderán tras ese Necronomicón de parásitos intestinales que es el menú del Burger King. Siento cómo la hamburguesa crece en mi interior llenándome de sus tejidos xenobióticos. Temo que la Medicina solo pueda llegar a estudiarme.

Me pregunto si harán hamburguesas de mí para que siga el ciclo y me quedo dormido.

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31:25 horas del día 277 de 20XX

El Plan que nos contiene es inefable y eterno a ojos mortales. Lo único que sabemos del Plan es que nos precede y nos sucederá. Nuestra existencia es insignificante en el gran tapiz cósmico. El Plan es la única voluntad que importa y se ejecutará por siempre. Lo sabemos porque La Criatura lo sabe. Hace años (no sé cuántos, no importa cuántos) La Criatura lanzó su Brahamastra, el Whopper®, contra el Antidios McDonald’s y su Big Mac, entidades de incomprensible antigüedad y vileza. Desde entonces se ejecuta el Plan. Desde entonces existimos. Y el tiempo recorre grasiento y denso los ejes de La Máquina Que Somos Todos mientras trabajamos esperando el día en que nuestro papel termine y podamos morir. En el siniestro futuro del año 20XX solo hay guerra corporativa.

Cohetes Long Chicken blindados con Whopperio lanzan chorros de Coca-Cola a presión sobre un vacío negro parcialmente estrellado. Un imperio de esclavos ha sido erigido sobre el material hamburguesero, el don divino, para permitirnos servir mejor a La Criatura. Skynet es su profeta. La comunión con el Whopper® es su único rito. Su única moneda, el nugget de pollo. La Máquina Que Somos Todos domina mundos a través de distancias fabulosas demasiado grandes para imaginar. Y nosotros hemos volado con ella hasta aquí.

Un Teresabot lacera mi espalda con su látigo eléctrico mientras arrastro grandes piezas metálicas por una carretera anónima de un planeta anónimo. Eficiente, la máquina se marcha para azotar a otro esclavo. Ya ni siquiera siento los golpes y mi cuerpo no puede trabajar más rápido, pero a los Teresabots no les importa. Veo junto a mí a Ray Kroc, un esclavo más ejecutando su papel en el Plan. Mientras los dos avanzamos en nuestro arrastrar, sus ojos, vacíos de todo excepto de miedo, miran detrás de mí buscando algo que no consiguen ver. Sus labios se mueven componiendo las mismas palabras una y otra vez: “me he convertido en la muerte, destructora de mundos”.

Por curiosidad miro en la misma dirección que Kroc y lo que veo me deja helado. Tengo ante mí un lugar que me resulta familiar, un lugar que despierta ecos dormidos en el fondo de mi mente. Me detengo para poder ver mejor y siento que el universo se congela a mi alrededor. Los Teresabots se enfurecerán conmigo y me castigarán, pero no me importa: por un segundo he creído ver el Burger King en el que compré un Whopper® hace tantos años. Sin poder evitarlo suelto las correas con las que arrastro las piezas.

Con un andar pesaroso me dirijo hacia el drive in, sintiendo vergüenza al saber que voy a chocarme con una verdad muy antigua. Atravieso una superficie llana de asfalto que me recuerda a algo, pero inmediatamente lo olvido. He llegado frente al búnker. Es una imagen grabada a fuego en mi cerebro y sé que es importante, pero me cuesta saber por qué. ¿Tiene que ver con el Plan? Poco a poco los colores rojo y negro despiertan una imagen que solo existe en mi cabeza. Una imagen ajena al Plan, a La Criatura y a La Máquina Que Somos Todos. Una Imagen Que Es Solo Para Mí. Huele como si alguien hubiera quemado un pan preñao.

Parece sacada del sueño de un sueño, pero por un momento es real y despierta en mi interior recuerdos de viajes por mundos ahora destruidos, blogs y material de oficina; recuerdos que me dicen que soy humano. Pero esa lágrima de humanidad me es arrancada a descargas por varios Teresabots. La Imagen Que Es Solo Para Mí se desvanece y el Burger King vuelve a ser idéntico al resto de Burger King que copan todas y cada una de las salidas de una interminable carretera anónima en un planeta anónimo por la que los esclavos arrastramos grandes piezas metálicas.

Me derrumbo entre golpes y espasmos eléctricos. Los Teresabots me obligan a comulgar con un Triple Whopper®. Sangrando boca arriba puedo ver cómo, tras la atmósfera translúcida, varios superremolcadores con forma de Croissan’wich cambian los anillos de un planeta cercano por aros de cebolla infames. La consciencia me abandona y caigo a un pozo en el que solo puedo oír el munch, munch de La Criatura que habita alrededor y dentro de todos nosotros y que reclamará nuestras almas durante el Black Friday.

Tengo la boca llena de hamburguesa y debo gritar.

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04:30 horas del 20 de julio de 2018

Creo que me he despertado gritando, pero no estoy seguro. Me giro para mirar la hora en el reloj de la mesita y noto que el contenido de mi estómago se gira también, despertándose conmigo. He perdido el sueño ridículamente temprano y sé que los retortijones me impedirán dormirme otra vez. “Lo bueno” me digo “es que ya han pasado unas seis horas desde que te comiste el Whopper®, ya debes haber hecho la digestión”. Pobre infeliz.

Por mi horizonte mental navega la noción de un Doble y un Triple Whopper®, pero ni sé de dónde ha salido esa idea ni quiero comprobar si tiene base en la realidad.

05:10 horas del 20 de julio de 2018

He salido a correr. El Whopper® ha venido conmigo, por supuesto. Ha sido un paseíto duro, pero sé que he hecho lo correcto. Normalmente al volver tengo ganas de comerme todo lo que hay dentro del frigorífico (y lo que hay fuera también), pero hoy no. Hoy me he despertado en medio de una digestión que va a durar más de veinte horas. Aunque el desayuno me está pareciendo una prolongación de la cena, ya no divago. Sé que tengo que alimentarme. Simplemente me asusta la idea de meter más comida en mi cuerpo. A este paso la cruzada gástrica que estoy viviendo va a terminar con una cesárea.

Inopinadamente, desayunar me estabiliza. La competencia no parece sentar bien al  Whopper®. ¿Es este el amanecer de un nuevo día? ¿He de dar gracias al té verde con cardamomo? ¿Por fin he vencido a la hamburguesa?

16:45 horas del 20 de julio de 2018

Todo ha terminado. Finalmente he conseguido vencer a los demonios que me atormentaban. Sin embargo, me siento derrotado. Más bien me siento como un calcetín del revés. He logrado exorcizar al Whopper®, pero sé que el Whopperio ha sobrevivido, tan estructuralmente firme como siempre, listo para ser sometido al proceso de reconstrucción que le permita ser una hamburguesa de nuevo.

Me he dado una ducha, tratando de reponerme. He intentado inútilmente eliminar el olor a umami de mi cuerpo y el sabor a King Aros de Cebolla™ de mi boca. Pero, sin importar cuánto frote o cuánto hilo dental use, el fantasma de Burger King se niega a abandonarme del todo. En mi debilidad he tenido un momento de crisis mientras preparaba la comida. Viéndome incapaz de oler lo que cocinaba he creído haber hecho un daño irreparable a mi cuerpo. He temido no poder saborear otra cosa que ese sabor sin sabor propio de la comida rápida. Menos mal que para comer hoy tenía unos fileticos de ternera que me había puesto mi abuela en un tupperware, que son mano de santo.

Como decían en Nuclear Throne “I’m not even sure if it’s OK to eat, but it still feels like we were granted a wish”. Ahora siento que el sol vuelve a brillar.

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21:00 horas del 20 de julio de 2018 – Última entrada

Se cumplen veinticuatro horas del experimento. No me siento más preparado para vivir un año a base de esa… cosa que he tenido alojada en mis entrañas durante casi un día entero. Incluso me preocuparía si llegase el momento en el que mi cuerpo fuese capaz de procesar normalmente ese tipo de munición. Pero tengo menos miedo. Ahora sé a lo que me enfrento. He mirado al abismo y en él me he visto a mí mismo. Ahora sé que puedo vencer.

Mi cuerpo siempre recordará el carácter de este ataque contra su integridad. No importa cuánto tiempo tome superar esta invasión premeditada, mi cuerpo, con su honrada fuerza, triunfará hasta la victoria absoluta. Creo que interpreto la voluntad de mi cuerpo cuando afirmo que no solo me defenderé al máximo, sino que conseguiré que esta forma de traición nunca más me ponga en peligro. La comida rápida existe. No hay que cerrar los ojos al hecho de que nuestra anatomía, nuestra fisiología y nuestra salud están en grave peligro. Pero con confianza en nuestro sistema digestivo y con la ilimitada determinación que poseemos obtendremos el inevitable triunfo.

Nos los comeremos en las playas. Nos los comeremos en las zonas de desembarco. Jamás nos rendiremos.

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