Crítica – The Stuff (por @CopydeCopy)

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Aquí estamos un día más en el Sitio de las Pelis, pero con una ligera variación. ¿Que qué variación? ¿No notáis algo diferente? ¿Tal vez en el aire? No, no es que no me haya duchado, es que no soy Tomás y eso que oléis son mis aires de triunfador. Y de egocéntrico. Soy Una copia de una copia de otra copia (@CopydeCopy para los amigos de Twitter) y estoy aquí a raíz de que “El Script Cuenta“, un blog mu bonico de noticias y críticas cinematográficas puso en marcha una ¿nueva? iniciativa: El Crossblogs, un proyecto en el que dos blogs se unen en un apoteosis cuasi tántricosexual. Así que nuestra flamante primera colaboración ha consistido en la idea inicial de proponernos una película que nunca hubiésemos visto el uno al otro, y que cada uno escribiese la crítica sobre la misma en el blog del opuesto. Tomás, en un alarde exagerado de mala leche me forzó propuso  echarle el guante a The Stuff: La sustancia maldita (lo sé, el nombre ya dice demasiado).

Temeroso, me acerqué a la cinta, pero nada había preparado a mi mente para soportar tamaña marabunta de… yogur.


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El bukkake supremo.

Sí, ya no les hace falta imaginar. Mientras que yo le insté a ver una interesante y fascinante comedia negra llamada Four Lions, a mí me tocó ver una película en la que una sustancia blanca espacial es encontrada por unos mineros en plena nieve, estos la prueban, ven que está deliciosa y deciden comercializarla. Pero aparte de ser deliciosa y tener desagradables connotaciones carnales, convierte a la gente que la consume en adictos. Y en zombies, en zombies también. Pero en zombies en plan ‘Cell’ de Stephen King, no a lo George A. Romero, desgraciadamente. Y por si no fuese suficiente, todo esto, protagonizado por un espía industrial ex agente del FBI con cero carisma y mucha tontería interpretado por el actor fetiche Michael Moriarty, cuya misión a petición de la competencia opositora al Stuff es hacerse con la fórmula del mismo para así poder acabar con la empresa que lo comercializa vía jurídica.

Por otro lado, la subtrama sigue a un niño que no sabe que coj**** hace actuando en el set de una película Jason, que una noche descubrirá que el Stuff, ese nuevo producto que ha salido al mercado tiene vida propia y comenzará a rebelarse contra la marca y contra su familia, que progresivamente se irá volviendo adicta a la sustancia. Pese a que la actuación de Jason es como un grano en el culo, no puedo evitar sentirme identificado con él, sentir cierta empatía hacia el muchacho, al fin y al cabo en algunos momentos me recuerda a…

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… mi adolescencia.

Tras este pequeño y breve inciso, me gustaría comenzar describiendo la escena inicial de la película: un hombre camina solitario por la nieve, cuando extrañado se percata de una misteriosa sustancia burbujeante en el suelo, una sustancia que tiene movimiento propio y que, además, parece unos genitales femeninos. Será por eso que tras un “¿Qué es eso?” decide coger un poco con la mano y llevársela a la boca. “Jum, está bueno”. No contento con saltar por encima de todas las reglas de seguridad médica y probablemente habiendo contraído alguna enfermedad tremendamente infecciosa, su compañero se le acerca y este le insta a probarlo, a lo que él accede sin rechistar.

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No es broma.

A mí un amigo me dice que pruebe algo que hay en el suelo porque esta muy bueno y le restriego la cara en ello para a continuación huir agitando los brazos en el aire.

En fin, seguro que los valientes que hayáis llegado hasta este punto (que seguramente seáis pocos), ya seréis incapaces de evitar las ganas de asistir a este espectáculo extrasensorial, ¿os insto a hacer caso a vuestros instintos? Qué va, son vuestros instintos, usadlos como os de la gana. Pero sí, creo que cualquiera debería asistir a esta exhibición de buen cine, donde el presupuesto no importa, donde uno puede ver la maquinaria de los sueños reflejada en un cristal por no haber presupuesto suficiente para eliminar la cámara del reflejo del mismo (o para contratar a un buen cámara y no al primo del ayudante de producción), donde el micrófono se cuela entre escenas, donde alguien puede voltear la cámara y los actores y crear un efecto especial cutre. De verdad, juro que en la primera escena de la película, si centras tu atención en el lado izquierdo de la pantalla se ve un micro apartándose rápidamente. Si esto no es cine de autor del bueno, nada lo es.

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To’ el croma.

Pero no todo es tan maravilloso en esta película, precisamente el que debería ser su punto fuerte es el que se me torna más endeble: la crítica social. La cinta es en sí una gran crítica al consumismo, los medios de comunicación y sobre todo las marcas. Pero no se atreve a profundizar en ello, pasa de lanzar indirectas a escupirlo en la cara del espectador. ¿Eso es malo? No, pero en este caso con un guión tan endeble pierde esa gracia bizarra inherente en el género de serie B -o más bien Z en este caso-. Y es que el guión es demasiado patético hasta para la serie B de los 80, goza de una ejecución tan mediocre que su carácter como cinta de esta mágica época dorada del cine no es capaz de salvarla, es mediocre dentro de la búsqueda de la mediocridad.

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Bueno, tiene sus momentazos.

Me veo en la obligación de remarcar que no tenía ni idea de que su director era Larry Cohen, el rey de la serie B. Es posible que algo sospechase cuando me acerqué al tono de la película y al bueno de Michael Moriarty actuando de forma excéntrica e irritante. La película es puro Cohen: absurdamente divertida, en ocasiones alarmantemente soporífera, y ridícula hasta niveles peligrosos -con claras referencias a The Blob y Los Invasores de cuerpos-. Asimismo lleva a sus espaldas una subyacente crítica social al consumismo, las marcas y los medios de comunicación. Con unos anuncios ficticios la mar de ochenteros y divertidos.


Otro interrogante a tener es cuenta es el de por qué una película cargada de crítica social y despreciadora de la publicidad barata está llena de logos de Pepsi, Coca-Cola y McDonald’s. Si tiene como base la propia crítica al consumismo, me parece una forma bastante floja de llevarlo a la pantalla. Nota de Tomás: bueno, El club de la lucha pretende ser un samizdat nihilista, pero cuesta varios millones de dólares, tiene actores del star system de Hollywood que están más buenos que el arroz con leche y además presenta product placement de Starbucks, Apple, Volkswagen y Calvin Klein. ¡Viva la integridad!

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2 Girls 2 Cups.

Pese a todo esto, la película es divertida. Tan mala que es divertida. Te puedes reír de las actuaciones, del guión, te puede parecer simpático el personaje de “Chocolate Chip” y los efectos especiales te harán desternillar de risa. Pero la diversión cruza la temida frontera de la ridiculez cuando entran a escena los militares. En este punto de la historia, la vergüenza ajena toma demasiado partido. Con chistes demasiado malos, momentos absurdísimos y sobre todo, militares sacados de una convención de Dragones y Mazmorras. La cinta está dirigida a todo correr, con pocas repeticiones de tomas y con Cohen dándole el visto bueno a las actuaciones con demasiada diligencia. Supuestamente es algo clave si quieres hacer serie B, pero en esta película es un abuso, nadie en su sano juicio quiere irritar tanto al espectador. Tampoco ayuda que cada escena quiera saldarse con un chascarrillo inapropiado y carente de chispa.

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Para más inri, con Paul Sorvino en plan fachorra.

Como ni quiero, ni tengo la necesidad de extenderme mucho más, finalizamos respondiendo a la gran pregunta: ¿Se puede pasar un buen rato viéndola? Depende de lo colocado/a que vayas amigo/a, depende de lo colocado/a que vayas… Independientemente de tu nivel de toxicidad sanguínea, es una película diferente y original en su planteamiento, mala y soporífera sí, pero un buen logro para tu colección de sordideces, un buen tema de conversación con el que aburrir cualquier cena y ¡qué diantres! A su manera es realmente encantadora.

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Salud.

Por cierto, Michael Moriarty, al igual que la película tiene su encanto, pero en todos sus trabajos me parece un actor irritante y poco convincente. Por ello, quería descubrirles su otra otra faceta: hace una música de p*** madre.

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2 comentarios en “Crítica – The Stuff (por @CopydeCopy)

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