Crítica – Alien: el octavo pasajero

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Han pasado eones desde que el sabio Karité, sumido en el trance de la ayahuasca, consiguiera hacer llegar hacia sus discípulos un desgarrado grito de auxilio a través del velo del sueño. En las horas previas al crepúsculo, presa de un automatismo febril, el maestro desgarró la carne de sus dedos contra los caracteres con los que cubrió las paredes de su celda. Al final de esa jornada de meditación, cuando las alucinaciones le abandonaron, el viejo cayó inane sobre su camastro ante la atenta mirada de sus pupilos y no volvió a levantarse.

De entre los símbolos y palabras inconexas que rodeaban a su fallecido maestro, algunos miembros de la orden lograron rescatar una frase inacabada. Una advertencia. Apenas quedan registros de aquellos días y las pocas tablas recuperadas del monasterio –las que no han sido consumidas por los insectos xilófagos– no arrojan mucha luz sobre el sueño del anciano. Queda tan solo una somera transcripción de los garabatos escritos con sangre en aquella celda: “y algún día volverá a haber posts en El sitio ese de las pelis, y entonces sabréis lo que es la falta de criterio y el mal gusto. Huid ahora que podéis”.

Y, eso. Que he vuelto. Y traigo spoilers de una peli de 1979.


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Si alguno de vosotros ha sobrevivido a la introducción del post, quiero que sepa que se avecinan curvas. Ya hablé de Alien hace un tiempo y desde entonces he querido tratarla en profundidad, pero es una peli que me gusta mucho y me cuesta pensar derecho. No prometo nada. De hecho es bastante probable que rehaga este texto de una forma u otra, así que no os toméis demasiado en serio todo lo que pone aquí.

La ciencia ficción está de moda. El estreno de Star Wars lo ha roto todo muy fuerte y ahora la Fox quiere una película a la altura de su último pelotazo. Es en esta tesitura cuando un productor, seguramente buscando coca por los cajones de su escritorio (son los 70′), da con el proyecto de unos amantes de la sci fi clasicona que casi quiebran por no encontrar cómo sacarlo adelante. Lo firma un tal O’Bannon.

Dan O’Bannon es un señor que había pasado un par de años en París intentando que aquella locura del Dune de Jodorowsy terminase en algo de provecho. El amigo Dan también es el que en 1985 establecería la escisión del terror de Romero con la macarrada que fue El regreso de los muertos vivientes. Lo que os quiero decir es que Dan O’Bannon es un tío un poco especialito. Y soberbio. Y antisocial. Hay quien glorifica su aportación a Alien, hay quien la minimiza o la ningunea. En cualquier caso, es una de las cabezas pensantes tras la película, y eso mola.

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Dan O’Bannon, el Gary Gygax del cine.

El tito Dan había estado trabajando con John Carpenter (ahí es nada) en una película llamada Dark Star que, para pesar del guionista de Alien, acabó siendo una comedia. Aquí el señor de las barbas seguía con la espina clavada, no dormía bien por las noches. O’Bannon había visto algo en Dark Star, algo que no le dejaba tranquilo. ¿Y si pudiera rehacerse como una película de terror? Ahora los que no vamos a dormir bien por las noches vamos a ser nosotros.

Dan se puso a ello. Tal vez su idea no fuese nueva –al fin y al cabo, en la ciencia ficción de los 50 se explotó la fórmula hasta la saciedad–, pero nuestro friki no es un friki cualquiera, y tiene la intención de dotar de realismo al relato, de dejarse de fantasías. Comenzó a construir una historia sobre camioneros espaciales basada en el “principio de Poe” del terror: planteamientos largos para construir el suspense y una resolución rápida que te revuelva las tripas. La repetición de esa estructura se contagia a toda la película, tanto en su totalidad como escena por escena.

Junto a un maestro del terror, O’Bannon colocó a otro. La curiosidad como motor de la catástrofe, la insignificancia de la especie frente al vacío impasible del espacio, ruinas catedralicias de civilizaciones prehumanas,  la presencia de seres exteriores casi deificados… La influencia de Lovecraft sobre Alien es mayúscula, y eso me pone mucho. En el fondo, Alien es la historia de unos pobres diablos que se meten donde no deben y acaban invocando a una bestia estelar muy, muy cabrona. Una página perdida del Necronomicon llamada convertirse en el máximo exponente de su género.

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Una vez acabado el guion, hacía falta un director competente. Ese director competente fue Ridley Scott. Scott había trabajado en la BBC y en publicidad; su única película hasta el momento era Los duelistas, una producción inglesa con algún eco a Vida y muerte del Coronel Blimp y a Barry Lyndon. Era un señor maduro que hacía las cosas bien. Tenía estilo.

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Tenía estilo y además hacía unos storyboards que te cagas.

En cuanto llega al proyecto, Scott empieza a empujar la película más allá de los límites marcados por el estudio. Su dirección causa que el rodaje se salga totalmente del plan, y más que lo hubiera hecho si nadie le hubiera parado los pies. A Scott le gusta lo que le sugiere el guion de O’Bannon, así que no se lo piensa dos veces y se tira a la piscina sin pensar en cuánto dinero va a costar todo. Es la insistencia del director lo que convence a Fox de que suba el presupuesto de la cinta. Claro, como es un caballero inglés, cuesta decirle que no, tiene presencia.

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Para sacarle media cabeza a Sigourney Weaver hace falta mucha presencia.

La aportación de Ridley Scott a la película, más allá de presionar al departamento de producción, es gigantesca. Toda la cinta da una importancia superlativa a la subjetividad. En la línea de Poe que planteó O’Bannon, abundan las introducciones mediante planos generales, algunos casi geométricos. Estos planos, en combinación con la banda sonora, consiguen inquietar, molestar y lograr que nos sintamos aislados. Después, para que nos sintamos encerrados, Scott pasa a planos más cortos y se queda en ellos, no dejándonos volver a ver todo el cuadro. Puede parecer la lección más simple de cine: ir de lo general a lo particular; sin embargo, no es así.

Scott nos muestra una estancia y después nos priva de su visión, dejando que el fuera de cuadro nos obligue a llenar con nuestra imaginación el espacio que ya no vemos. Experimentamos eso durante la película y al final, cuando Ripley se esconde en una esquina de la Nostromo o en el asiento del transbordador, sabemos lo que está sintiendo.

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Cuando una pieza de tu armadura no va con tu tier.

El tercer nombre en discordia y la última prueba de que Alien no es una peli autoral, sino un trabajo industrial a la americana, es H.R. Giger. ¿Quién es más importante, O’Bannon, Scott o Giger? Ninguno de los tres.

En cuanto al Giger… el pobre estaba muy mal. Daba muy mal rollo. Decían en el rodaje que vivía de noche, que siempre iba de negro y que guardaba el esqueleto de una antigua novia, o algo así. A pesar de que hay otros diseñadores metidos en el ajo (los que hicieron la Nostromo por dentro y por fuera), suele destacarse a Giger como el artista más importante de Alien; básicamente, fue el que diseñó al Alien y todo lo que lo rodea, y esto tiene un peso enorme en las dobles lecturas de la cinta.

La nave del space jockey, que es impresionante y da mucha grima porque tiene vaginas gigantes, el facehugger, que te viola el esófago, el chestburster, que te revienta el pecho… Barrio Sésamo, más o menos. Giger estaba obsesionado con su trabajo y cuanto más diseñaba, más loco se volvía Ridley Scott. Si les hubieran dejado, igual montaban la cámara del jockey entera. Y es que, teniendo a la Fox entre medias verdades y mentiras completas, estos dos consiguieron montar un decorado que costó una pasta… y sólo sale en una escena.

Y ya si nos metemos en las vértebras de serpiente, intestinos de cabra, almejas, tuberías de Rolls Royce y estómagos de vaca que utilizaron en la película, apaga y vámonos.

Pero qué buena pinta que tiene todo al final, oye.

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El asunto del reparto fue complejo. Los de la Fox tenían en la cabeza que Alien (o Star Beast, como se llamara cuando la presupuestaron) era Serie B; no querían y no iban a gastarse mucho dinero en la cinta, así que buscaban actores baratos. Nada de caras conocidas.

Había un personaje, Ellen Ripley, que necesita una actriz. ¿A quién cogieron? A una tal Sigourney Weaver, que había salido de extra en Annie Hall. Hey, pero ha estudiado literatura inglesa en Stanford y arte dramático en Yale. Con todo el dinero que cuesta eso, tendrá que valer de algo ¿no?

El caso es que, después de muchos agobios, llantinas por parte de Weaver y muy mala hostia por parte de Scott, que básicamente la llevó a cotas de estrés bastante altas, Weaver se convirtió en el personaje. La Teniente Ripley es una tía serena y con carácter, vulnerable ante las cosas extremas que ocurren en la peli, pero con el arrojo suficiente para acometerlas. Y lo más importante: es una mujer… una que me podría llevar en el hombro como un loro, además.

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Todo el cast de Alien (incluyendo a Jonesy, el gato naranja más mono desde Floppy).

Hay un componente sexual muy grande en Alien, y ese componente sigue estando ahí incluso cuando se filtra el erotismo de los Necronomicon y Biomechanics de Giger. Alien es una película en la que una araña alienígena asfixia a un hombre y le profana garganta con su largo y palpitante miembro para llenarle el estómago de su semilla. Y además Giger le puso dos manitas que te agarran la cabeza para que entre bien todo.

Estamos acostumbrados a bichos que quieren comernos, e incluso a bichos que quieren despedazarnos porque sí, pero no a esto. Es una de las cosas que hacían que Splice diera muy mal rollo. El alien no quiere comernos, quiere reproducirse con nosotros y vamos a morir en el proceso. Somos prescindibles, somos inferiores, somos sólo un elemento necesario para su forma de entender el apareamiento. El alien no tiene sexo, sus presas son tanto hombres como mujeres; todos somos víctimas de la misma violación. Y da muy mal rollo.

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En última instancia, Alien es una pesadilla sobre la concepción. Se aprovecha del temor y la incomprensión de todo el rollo de “hacer bebés” para contarnos una historia sobre bichos que crecen dentro de nosotros. Por eso tiene sentido que Ripley, una mujer normal dentro de la ficción, sea la protagonista. Es intrépida, pero tiene sus límites, y habló de salvar gatos antes que Blake Snyder. ¿Verdad que sí, Jonesy? ¿Verdad que siiii? En la primera de Alien, Ripley no es Terminator, sino una heroína en bragas. Una que está en el Valhala con las más grandes.

Ripley y su perturbador encuentro con Ash, por cierto. “Admiro su pureza” mis cojones; a ti lo que te pasa es que el alien te ha pegao una masculinidad tóxica mu mala. O eso o hay que ampliarte la ram. Bueno, cosas peores podría haber hecho. Podría haber actualizado a Windows 10 sin pedir permiso.

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Bukake espacial.

Mirad, Alien es un peliculón. Es un punto de inflexión en el género, un baluarte de la leche que ha tenido influencia a punta pala. Y encima sigue siendo la mejor peli de Lovecraft que se ha hecho nunca. No sé qué más queréis. Hay que verla y hay que quererla, me da igual que os dé miedo. ¿Es una peli sobre una mujer hecha por hombres? Sí, pero eso no significa que no sea una peli buena. La única peli buena de Alien, si queréis mi opinión.

Igual algunos pensáis que me he pasado, que estoy cayendo en sobrelecturas o que la peli no es para tanto. Me vais a perdonar, pero me da igual. Esta peli me pone muy contento.  Y aparece un gato pelirrojo. Además, de ella acabó saliendo un personaje al que, cuando se lo permiten, mola un puñao.

“Contáis con mis simpatías”.

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Aquí se viene a molar.

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3 comentarios en “Crítica – Alien: el octavo pasajero

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