Crítica – Alien: el octavo pasajero

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Han pasado eones desde que el sabio Karité, sumido en el trance de la ayahuasca, consiguiera hacer llegar hacia sus discípulos un desgarrado grito de auxilio a través del velo del sueño. En las horas previas al crepúsculo, presa de un automatismo febril, el maestro desgarró la carne de sus dedos contra los caracteres con los que cubrió las paredes de su celda. Al final de esa jornada de meditación, cuando las alucinaciones le abandonaron, el viejo cayó inane sobre su camastro ante la atenta mirada de sus pupilos y no volvió a levantarse.

De entre los símbolos y palabras inconexas que rodeaban a su fallecido maestro, algunos miembros de la orden lograron rescatar una frase inacabada. Una advertencia. Apenas quedan registros de aquellos días y las pocas tablas recuperadas del monasterio –las que no han sido consumidas por los insectos xilófagos– no arrojan mucha luz sobre el sueño del anciano. Queda tan solo una somera transcripción de los garabatos escritos con sangre en aquella celda: “y algún día volverá a haber posts en El sitio ese de las pelis, y entonces sabréis lo que es la falta de criterio y el mal gusto. Huid ahora que podéis”.

Y, eso. Que he vuelto. Y traigo spoilers de una peli de 1979.

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