Crítica – Los odiosos ocho (The hateful eight)

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Hola, niños y niñas.

“Si os veis cabalgando solos por verdes prados, el rostro bañado por el sol, que no os cause temor; estaréis en el Elíseo… ¡y ya habréis muerto!”. En otras palabras, estoy de exámenes. Así que, aunque mi tiempo estas últimas semanas se ha dividido en “estudiar” y “todo lo que no es estudiar”, he sacado un ratito para ver la última peli de Tarantino.

Y la pregunta es, como siempre: ¿qué me he encontrado? Pues creo que eso es bastante obvio, así que vamos al lío.


“A los americanos no os gusta que una rendición incondicional os arruine una buena guerra”.

Hace un par de años vi Django desencadenado y La gran belleza. Mientras que Django me pareció divertida, la de Sorrentino fue otro cantar. No esperaba ese nivel textual de la película, así que me cogió por sorpresa y me dejó con el culo del revés. Aquella película era la hostia en patinete.

Así que cuando en enero de 2016 tengo que elegir en qué voy a gastarme mis dinericos este mes, inmediatamente reservo un poco para ver Youth, lo nuevo de Sorrentino. En cambio, de Tarantino pienso que ya lo veré en Netflix. Luego recuerdo que pretendo tener un blog de críticas y que convendría que la viese, por aquello de las visitas. Cuando llego a la sala, hay un lleno absoluto de grupos de colegas dispuestos a echarse unas risas. Siempre me alegra cuando veo a gente pasándoselo bien con una película, así que si The hateful eight termina por no convencerme, saldré del cine de buen humor.

Tres horas después acaba la película y cada uno se va a su casa, pero Los odiosos ocho no se acaba de venir conmigo.

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¡Como vengas otra vez a hablar mal de una película te vamos a cerrar la boca con clavos!

The hateful eight no aburre mucho; para durar tres horas, el tiempo no se hace pesado. Pensándolo despacio, creo que es por dos razones. La primera es por cómo se estructura la película: hay una introducción en la que se construye una atmósfera falsamente hogareña, de violencia soterrada, y una segunda parte, que es cuando se abre el cajón de la mierda. Puede parecer que esto es muy guay (y podría serlo), pero más tarde veremos por qué no sale bien del todo.

La segunda razón es cómo escribe Tarantino. A la película se le va la fuerza por la boca. No se hace pesada porque no tienes que esforzarte para verla, es como escuchar a un amigo hablándote de la peli: ya te la cuentan los personajes. Esta forma de guionizar, marca del director, lastra el resto del film, porque Tarantino es buen y mal dialoguista al mismo tiempo. Es bueno porque sus diálogos son ingeniosos, tienen chispa y de tan verborreicos resultan graciosos, pero también es malo porque todos los personajes hablan con la misma voz. Si en vez de actores tuviésemos a Tarantino con marionetas de calcetín improvisando la historia, sonaría muy parecido: todas las voces son la suya. Más que darse la réplica, los personajes acaban cada uno la frase del otro.

Y hablan, y hablan, y hablan. Viajan y hablan, sospechan y hablan, comen y hablan… si hasta cuando se cosen a tiros están hablando. El único momento en el que se callan es en la escena del veneno; pero tranquilos, ahí está la voz del Tarantino-narrador para llevar la profusión de diálogo al límite de la sensatez al decirnos lo que deberíamos estar viendo, sospechando y concluyendo nosotros solitos sin necesidad de que nadie nos lo contase. Decirnos qué está pasando en lugar de hablar con imágenes es algo que funcionaba en Pulp Fiction (de hecho, es la base del tono de la película), pero utilizar la misma herramienta aquí, en una película de misterio, es como intentar clavar una tabla con un cuchillo y un tenedor. El uso que hace Tarantino de los diálogos mata la sutileza y elimina el misterio. Y cuando estás haciendo una adaptación oblicua de Diez negritos, te hacen falta muchas cartas sin destapar.

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Este soy yo cuando mis amigos lean la crítica; apaleao pero feliz.

Y si hablamos de misterio, tenemos que volver a la estructura de la película. Como hemos dicho, tiene dos mitades: una para construir la tensión, otra para pinchar la burbuja. La primera mitad mola. La tormenta, constante durante toda la película, nos recuerda en todo momento que estamos solos en una cabaña con un puñado de criminales, que hay algo debajo de nosotros que va a explotar y que fuera hace un frío del carajo. Funciona que te cagas; te mete mucho en la película y te hace esperar lo que va a ocurrir sentado cómodamente y calentito. Así que esta peli contabiliza como una de esas de ver con mantita.

El problema es que se construye tensión, pero no hay misterio. Más que haber cartas que se van destapando, hay dos caras de cada uno de los personajes: la que enseñan y la real. Y simplemente te van aclarando sus mentiras, van contando cosas y la historia va cuadrando, pero en ningún momento se nos invita a armarnos un puzle de pistas. Una vez somos conscientes de que cualquier giro sale de la manga de Tarantino, dejamos de intentar anticiparnos a una película que ya no es de misterio, como se nos ha hecho creer en la primera mitad, sino de eso que siempre hace el director: de personajes matándose unos a otros. Igual para Tarantino esta película surge de la idea de meter a los tíos más chungos del Oeste en la misma habitación y esperar a que se maten unos a otros. De ser el caso, sí hay tela por cortar: todos los personajes son unos hijos de puta y todos tienen ganas de sangre. Si eso es lo que quieres ver, la película cumple. Aprovecho para recomendarte Posesión infernal, entonces.

Para acabar quiero hacer un comentario para la violencia. Aquí me sobra. Me sobra porque no debería importarme cómo muere cada uno de los personajes, sino por qué. Y no es así, y no me mola. Os habla un tío cuyo primer shooter fue Postal 2, así que no me toméis por un mojigato que quiere buscarle sentido a todo. Puedo aceptar perfectamente la violencia sin sentido, pero no cuando me la intentan mezclar con coherencia; entonces me parece que se banalizan cosas muy profundas. Así que, igual que la sangre era requisito imprescindible en Kill Bill, aquí no es tan necesaria.

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Y, en el papel de Christoph Waltz, tenemos a Tim Roth.

Así que esa es la octava película de Quentin Tarantino. Es entretenida, aunque no acaba de dar todo lo que promete. El director estaba perezoso; tenía una premisa que podía dar mucho juego y se ha limitado a hacer lo que ya sabe. El resultado es una película de Tarantino… demasiado de Tarantino. Lo tiene todo, hasta a Zoë Bell y los cigarrillos Red Apple. Sin embargo, haberse guardado sus fórmulas y haber intentado construir algo distinto podrían haber hecho esta cinta más interesante. Pero qué le vamos a hacer, si hablamos de un director que tocó techo con Kill Bill 2 y que cuanto más se reitera en sus códigos, más aplausos recibe. En resumen, no me arrepiento de verla, pero no tengo ganas de volverla a ver. Tarantino ha vuelto, y trae humor sobre la violencia de género, pollas negras y una cabaña llena de locos.

Ahora haceos un favor y ved La gran belleza. Me pasaré por aquí en unos días para deciros qué tal está Youth.

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Un comentario en “Crítica – Los odiosos ocho (The hateful eight)

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