Crítica – La vida de Adèle

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Buenas, buena gente.

Continuando con la iniciativa de empaparme en la actualidad, el otro día vi La vida de Adèle. ¿Del 2013, dices? Pues sí, pero según el criterio que utilizo para recalentar las sobras de comida, esto sigue siendo actualidad.

No voy a enrollarme más en la intro, que esta vez la cosa viene cargada. Dentro crítica.


Voy a rajar la película de arriba abajo. Si queréis verla, vedla antes de leer esto; y tened en cuenta que son tres horas de película. ¿Merecen la pena? No es una película hecha para gustar a todo el mundo, pero creo que valen la pena. Luego volvéis y la comentamos ^_^

Hacía bastante tiempo que no veía cine francés, y la verdad es que no tengo muy claro por qué. Esa estructura de “yo hago los actos que me da la gana”, esa carencia de nudos en la trama, esa capacidad para hablar del todo y la nada… Vale, ahora recuerdo por qué hacía tanto que no veía cine francés (y por qué odio a Cortázar, ya que estamos). No me malinterpretéis, me gusta el cine europeo; es sólo que su tendencia a pensar más en el autor que en el espectador a veces me resulta demasiado agresiva. Pero bueno, de todo hay que comer.

Y de comer cosas precisamente vengo a hablaros, porque ha sido precisamente La vida de Adèle la película con la que he roto mi racha de no ver cine francés. ¿Habéis visto que forma tan gratuita de terminar la introducción haciendo un chiste fácil? Prometo que no haré más.

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Daos cuenta de que es una película en la que se comen ostras y se bebe champán. Si hago chistes de tópicos es porque han empezado ellos…

La vida de Adèle cuenta… bueno, la vida de una chica que se llama Adèle (interpretada por Adèle Exarchopoulos, para más inri). A lo largo de unos diez años nuestra protagonista tendrá que lidiar con aspectos de su persona tan difíciles de sobrellevar como son su intimidad, sus ambiciones y su identidad. En su camino hacia el autodescubrimiento conocerá a Emma (Léa Seydoux), una joven de pelo azul con la que se embarcará en una relación.

Para contarnos el relato de Adèle la película toma una perspectiva lejana al paternalismo. No juzga ni compadece a sus personajes, como tampoco se alegra por sus triunfos ni les castiga por sus errores; las dos chicas son las únicas responsables de lo que ocurre durante la historia. La vida de Adèle no emite ninguna moralina ni intenta convencernos de nada, y aunque en la película tiene un papel muy importante la homosexualidad femenina, éste no es el tema central, como tampoco lo es la relación de la pareja. El tema central es la vida de Adèle. Si se habla sobre el lesbianismo es porque la protagonista es lesbiana, y contar su vida supone contar esto. El comentario al respecto sólo surge claramente en el grupo de amigos y en la familia pero, tal como funciona el personaje, queda claro que su sexo es para ella, no para los demás.

La narración sigue un ritmo lento, ajeno a grandes acontecimientos. Aunque para retratar a Adèle se describen momentos de cambio, las situaciones que reciben más metraje son las costumbres de su vida diaria. Las rutinas de Adèle y Emma, puestas en contraste mediante elipsis de varios años, nos hablan más sobre ellas y su relación que las escenas de discusiones o de sexo.  Para llegar a este nivel de detalle es necesaria una narración pausada y, aunque a veces los saltos temporales pueden resultar algo bruscos, la película se beneficia de este ritmo.

Eso sí, es un film muy francés; todos los personajes son profesionales de la opinión y tan pronto hablan de pintura como de filosofía, literatura, fotografía, política o el ratio de producción de pan y queso de su pueblo natal.

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Cómo es la película vs. cómo me la imagino a veces.

Hablemos ahora de la estética de la película. Las imágenes que muestra La vida de Adèle son bastas en apariencia, de una plasticidad camuflada. Los cambios en la historia están acompañados con cambios en la iluminación; mientras que el instituto y el hogar de Adèle son entornos grisáceos donde los colores no se atreven a destacar, la presencia de Emma enciende la pantalla con tonos cálidos y luces de influencia naturalista.

Si en Stoker el amarillo era el color predominante, aquí lo es el azul, un azul eléctrico e intenso que, como el título del cómic original, es el color más cálido de la película. Mientras que India Stoker estaba representada por el color verde, Adèle se relaciona con el color azul, aunque no encuentra en él su representación cromática; en lugar de eso, el azul indica su evolución en la trama. El azul es el peso que cada protagonista tiene en la otra. Desde el primer contacto con Emma, el color azul empieza a llenar el mundo de Adèle, colándose en su casa y en su ropa. Un ejemplo es el estampado de la almohada que representa el sueño húmedo que está teniendo la protagonista y la masturbación que tiene lugar un par de segundos después; también el momento en el que Adèle se sumerge en el mar (azul) en busca de un destello de esa luz que veía con Emma o el hecho de que al final de la película la protagonista siga llevando el color azul mientras que la otra ya no lo hace.

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Y hoy vamos hablar de ventanas y cortinas, niños. Tal vez algunos (estoy seguro de que ninguno) recordéis que al hablar de David Lynch hace más o menos un año, pusimos como ejemplo de sus influencias a Edward Hopper; concretamente apareció el cuadro Summer Interior (que también influyó a Terrence Malick para La delgada línea roja). Pues bien, resulta que ese cuadro es interesante por la cortina de la izquierda y la luz que entra por la ventana; esos elementos transforman al espectador, le dan una presencia corpórea y le convierten en un voyeur. La ventana es una de las metáforas más utilizadas en la pintura del siglo XX, así que algún significado tendrá que la habitación de Adèle sea un entorno oscuro, de ventanas cerradas e irónicamente azul desde el principio de la película, un lugar en el que aislarse (su sexualidad está ahí, tapada).

Lo que quiero decir es que tiene sentido que Adèle empiece escribiendo sus diarios así…

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… y después de conocer a Emma los escriba así. Ahora su mundo interior es un sitio conscientemente azul desde el cual puede asomarse al exterior. Con Emma puede salir de su cáscara sin miedo a perder su identidad. Por fin está siendo fiel a sí misma.

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Bueno, puede ser eso o puede ser que yo le dé demasiadas vueltas a las cosas y deba centrarme en ese aspecto de la película del que habla todo el mundo: del follar. No me siento cómodo poniendo follar en una crítica que pretendo que sea más o menos formal, y tampoco me quiero andar con eufemismos. A partir de este momento voy a escribir “triscar”. Como las cabras en el monte.

Adèle y Emma triscan muy fuerte, y sale muy explícito todo. Tampoco es que te pille por sorpresa; antes de la primera escena de triscamiento fuerte hemos visto a Adèle en ambientes parecidos. ¿Es necesario Adèle y Emma trisquen tan fuerte? Pues en parte sí, la verdad. Adèle había probado el sexo con un compañero de instituto muy monete y que la tenía en un pedestal, y no le hizo mucha ilusión. De hecho cuando se acuesta con él, prácticamente le está utilizando para comprobar si le gustan los hombres (y luego se siente como una mierda, dicho sea de paso).

Así que a la pregunta de si esa escena de sexo de diez minutos tiene sentido, yo digo que sí. ¿Cómo, si no es por contraste y magnitud, vas a entender lo mucho que significa ese momento para Adèle? Hay formas, claro, pero pocas hubieran expresado como ésta la mezcla de afinidad emocional y cóctel hormonal que tiene la protagonista en el cuerpo en ese momento. Hablando claro, puestos a echar una cana al aire, nos rapamos la cabeza. Y eso, que triscan de forma muy fuerte, enseñando mucho y haciendo equilibrios con la línea que separa el erotismo de la pornografía… y cuidado que esa línea es tan fina que corta.

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Emma pone su mirada acero azul acusadora porque sabe que ahora viene esa parte de la crítica en la que se me va la pinza.

He podido leer las reseñas que críticos profesionales como Luis Martínez o Carlos Boyero han hecho de esta película, reseñas en las que califican los encuentros sexuales entre Adèle y Emma de “precisos” y “auténticos”. Supongo que esto lo dicen desde su amplia experiencia como mujeres lesbianas, aunque lo más probable es que estuviesen intentando escribir algo poético y se les fuera la mano con los términos. Me voy con la sensación de que esto, mucha carne y mucho pegar voces, pero que de realista ni flowers. Que cada uno trisca como quiere, y tampoco es que yo me haya sentado junto al cabecero de nadie a tomar notas, pero no creo que en estas escenas lo importante sea la exactitud. Ni lo más mínimo.

El porno no es un reflejo del sexo real (de lo contrario las oposiciones a fontanero serían durísimas), y el cine convencional tampoco es un reflejo de la realidad. Las escenas de sexo de La vida de Adèle intentan que el espectador entienda lo mucho que significa para las protagonistas haber encontrado a alguien con quien, aparte de llevarse muy bien y de gustarse mucho y esas ñoñerías, se puede llegar a un nivel de unión carnal tan… de película, vaya. El sexo explícito es sólo la forma que se ha elegido de transmitir ese conjunto de sensaciones. Supongo que los críticos chachis se referían a esto cuando decían lo de “auténtico” y tal.

Como dijo una de las actrices durante una entrevista, la película de Abdellatif Kechiche habla sobre la piel y la carne, y éstas aparecen en pantalla constantemente. En primer plano, centímetro a centímetro, en comunión artística o en un desparramado desorden. Se tratan los cuerpos como cuadros o esculturas, componiendo con ellos. En otras palabras, que nos vamos a hartar de ver a las protagonistas desnudas.

El sexo, a pesar de enseñar mucho, está retratado con cuidado. Los encuentros amorosos entre las protagonistas avanzan del impacto al intimismo, diciendo cada vez más con menos gestos. La película no cae en el exhibicionismo; ¿acaso vemos una profusión de triscamientos tan grande con el primer novio? ¿Vemos a Adèle tirarse a su compañero de trabajo siquiera? No, y eso es porque la película nos enseña la escala de valores de la protagonista mostrando lo importante con letras mayúsculas y lo superfluo como una mínima nota al pie. Adèle es de emociones extremas; el sexo con Emma es así porque, para bien o para mal, Emma es la vida de Adèle.

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Y, aunque lo he dejado para el final, tengo que hablar de las actuaciones. Las actuaciones son lo mejor de la película, sin duda alguna. Tanto que las mejores escenas son aquellas en las que el director da un paso atrás y se dedica simplemente a intentar no deslucir el enorme trabajo de interpretación que hay aquí. Las actuaciones no son mejores porque las intérpretes hayan accedido a hacer las escenas eróticas, que conste; son buenas ya de por sí. Y mucho. Un aplauso, leches.

Por mi voy a parar ya, niños y niñas. Me queda la duda de si es que en los restaurantes galos no hay nadie o qué, por la escena esa que hay tirando hacia el final, cuando se empiezan a liar a saquísimo. A lo mejor era eso a lo que se refieren cuando dicen que los franceses son liberales. Probablemente hable un poquitín más de La vida de Adèle en el futuro.

Tengo una amiga que dice que si ves The dreamers con alguien, tienes que acostarte con esa persona. En mi opinión, podemos poner La vida de Adèle en esa lista. Son películas muy buenas, pero tenemos que aceptar que pueden contar como preliminares. Quiero decir, como haya un mínimo de tensión sexual con la persona con la que te pones a verlas, es muy difícil que no acabéis follanTRISCANDO, quería decir triscando.

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3 comentarios en “Crítica – La vida de Adèle

  1. Pingback: 10 cómics que no van a adaptarse al cine (pero que deberían) – Parte 1/2 | El sitio ese de las pelis

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