Crítica – Moonrise Kingdom

 

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Hola, niños y niñas.

He visto Moonrise Kingdom y me siento arrastrado por un fuerte deseo de escribir sobre ella en internet y quemar cosas. No tengo cerillas a mano, pero he encontrado por ahí un HP Compaq nx7400 funcionando sobre Windows XP que tendrá más o menos la mitad de mi edad y he pensado… “seguro que esto arde bien”.

Empiezo ya con la peli, pero os aviso de que igual me extiendo un poco, porque aparte de la cinta, voy a hablar un poquitín de Wes Anderson.


“Cada vez que empiezo un nuevo proyecto me digo que voy a hacer una obra diferente. Luego, cuando está terminada, la gente me suele decir que se parece a las anteriores”.

-Wes Anderson.

Moonrise Kingdom es la historia de Sam y Suzy, un chico y una chica de doce años que se conocen un verano. Y hasta aquí voy a leer.

Es fácil reconocer Moonrise Kingdom como una película de Wes Anderson. Los personajes parecen estar leyendo de un telepromter, el color y la textura de la fotografía parecen pensados por un editor de un catálogo de interiorismo y la composición de los planos es suficiente para diagnosticar un trastorno obsesivo-compulsivo al director. Básicamente, si Terry Gilliam fuese bibliotecario, sería Wes Anderson.

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Una película en la que salen tantos faros está pidiendo amor a gritos.

De entre todas las películas del director, Moonrise Kingdom es la que encuentro mejor hecha, y es por eso por lo que he decidido hablar de ella en lugar de hablar de cualquiera de las otras. Si hace un poco me metía con Regresión por tener un estilo demasiado impersonal, Moonrise Kingdom sufre de todo lo contrario: está totalmente saturada de la visión de su director. Si de algo peca Wes Anderson en sus películas es de buscar una estética muy concreta que está atada a su estilo de forma inseparable, como los packs indivisibles de zumos del supermercado.

Con treinta segundos de esta película, ya se han asentado una estética y un tono. Con cuatro minutos y medio, ya nos ubicamos en su universo particular ¿Y qué universo es ese? El universo de New Penzance, la isla de apenas veinticinco kilómetros de largo donde transcurre la historia, un lugar donde Norman Rockwell se hubiese dedicado únicamente echar fotos en vez de a dibujar.

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Wes Anderson es un tío que rueda como si estuviera enseñando cuadros. Las imágenes de Moonrise Kingdom son coloristas, luminosas y muchas casi unitarias, de ahí la manía del director de utilizar el travelling lateral -tanto que prácticamente lo convierte en un scroll– y el plano cenital; así puede hacer pequeñas pausas en el montaje y controlar el ritmo de las escenas. Al principio de la película podemos ver como casi todo funciona por desplazamientos de cámara tipo casa de muñecas, pero en cuanto acaba la primera escena, la presentación de New Penzance se hace con planos que entran por corte y son prácticamente una exposición de distintas imágenes, como una presentación por diapositivas. Estos son los recursos de estilo más característicos de Wes Anderson; cada una de sus películas tiene una personalidad ligeramente distinta, pero todas comparten estos elementos.

Lo del plano cenital es interesante porque, como además lo que enfoca suelen ser distribuciones de objetos, se puede ver un patrón en cuanto al trastorno obsesivo-compulsivo que hemos dicho antes. Atendiendo a sus películas, si buscamos Wes Anderson en el diccionario las palabras relacionadas serían: filatelia, numismática, entomología, cartografía. Aparte, debe ser un tío que camina mirando al suelo, porque madre mía.

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Pero que nadie venga ahora a decir que lo de Wes Anderson son cuatro patrones visuales repetidos y ya está. Sí tiende a reiterarse en su estética, pero su estilo no es tan fácilmente resumible. En Moonrise Kingdom se juega con las proporciones y distancias del escenario, con la óptica y con el encuadre; cosas como rodar un baño en la playa como si fuera un western, mostrar una inundación como si fuera un suceso a escala o mandar literalmente a los personajes junto a un trampolín para que hablen allí de sus cosas en el fuera de campo más raro que he visto son pruebas de que este señor sabe lo que se hace. Se permite hasta un momento a lo O-Ren Ishii que queda muy badass y también muy ridículo, y esa es la clave: la estética con la que Wes Anderson plaga Moonrise Kingdom no es una forma vacía, sino que es el asiento último del tono de la película. Al convertir lo vintage en anacrónico, hacer que su mundo parezca una maqueta y utilizar un humor irreal y absurdo, Anderson nos fuerza a ver la historia desde el punto de vista de un niño, y desde esa perspectiva lo sublime es poco más que anecdótico y lo cotidiano tiene la cualidad de configurar toda la realidad que rodea a los personajes.

Gulliver

Por favor, que alguien me diga que aquí también ve una referencia a Cadena Perpetua.

Moonrise Kingdom es una película sobre niños hecha por un niño grande. En ella los adultos están más perdidos que un pulpo en un botijo, y se comportan de un modo incoherente, mientras que los niños son los que tienen la cabeza en su sitio. Su comportamiento, que puede parecer una parodia de los adultos, acaba resultando lo más serio de toda la cinta; contra la inactividad de los personajes adultos, que parecen tener que luchar contra su propia inercia a cada paso, los niños están impacientes por hacer cosas y por convertir sus fantasías en una realidad, en definitiva, por dejar de jugar y poder empezar a crecer, pero no saben cómo, porque ven en los adultos la promesa de un futuro gris del que están intentando huir, bien por la idealización o bien literalmente.

-¿Qué te ha pasado en la mano?

-Le di a un espejo.

-¿Cómo?

-Me enfadé conmigo misma.

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He oído por ahí que la forma de retratar la infancia en esta película refiere a Peanuts (lo que aquí conocemos como “el tebeo de Snoopy”). Siempre he sido más de Calvin y Hobbes, así que no sabría deciros. Las referencias que si veo son Peter Pan y, Los cinco de Enid Blyton. Yo de pequeño era un ser extraordinario; lo sé porque me leí todos los libros de Los cinco, que es algo que no creo que ahora pudiera hacer (sobrio).

Los personajes de Wes Anderson han sido tachados muchas veces de planos e insustanciales. Desde mi punto de vista el problema no está en los personajes; de hecho, hasta su secundario más olvidable tiene algún punto memorable. ¿Por qué parecen tan fríos, entonces? Puede ser por la asepsia con la que están tratados, que nos lleva a una posición algo lejana desde la que es complicado empatizar con ellos. Pasa un poco como con Kubrick, que utiliza a sus personajes como si fuesen objetos, y la actuación está en un segundo o tercer plano la mayor parte de las veces. El ritmo de las películas de Wes Anderson es demasiado ligero para dejar que lo lastren las actuaciones, para bien o para mal. La constante sensación de pasmo que puebla el metraje puede llegar a deslucir la trama y dar la sensación de que nos encontramos en medio de un barullo argumental. Sin embargo, las cosas suelen desenredarse y la narración retoma su ritmo.

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En suma, creo que en Moonrise Kingdom, debajo de todo ese esteticismo recargado y de ese humor absurdo, hay chicha. Aquí los personajes principales no son criaturas complejas, traumatizadas y rotas por dentro, ni falta que hace; esos son los adultos. Los niños que se comportan como adultos y que reflejan candor (que no estupidez) remueven el sitio en el que viven porque hacen las cosas con arrojo, dejándose la piel como sistema y llevando sus convicciones hasta las últimas consecuencias, y en la cinta son los únicos que se atreven a hacer eso.

En realidad, la película habla del último verano en el que Sam y Suzy pueden considerarse niños, de perder la inocencia y crecer ese par de centímetros que te quitan la perspectiva que tenías del mundo. La historia de Sam y Suzy es una partida a una suerte de país de Nunca Jamás, a su “reino bajo la luna” particular, y es un viaje que están dispuestos a continuar sin llegar a ninguna parte o hasta caerse muertos. A estos dos personajes los coges un año más tarde, y la historia ya es totalmente distinta; ya no es algo que pueda contarse con la estética de Wes Anderson, y ya es otra película.

No tengo muy claro cómo debería terminar este texto, pero creo que la mejor manera es citando a Brian K. Vaughan. Venga, voy.

“Las buenas historias para niños son todas iguales: una joven criatura se salta las normas, vive una increíble aventura y luego vuelve a casa sabiendo que dichas normas tienen su razón de ser. Claro que, en realidad, el mensaje para quien sabe leer es: sáltate las normas todo lo que puedas, porque ¿a quién coño no le gusta vivir una aventura?”.

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Se me ha metido algo en el ojo.

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